
Apple lleva años caminando por una delgada línea entre mantener la esencia del iPad y ofrecer cada vez más herramientas que atraigan a usuarios más exigentes. Y es que no todos buscan lo mismo: hay quienes quieren una experiencia sencilla, fluida y minimalista —muy al estilo del iPhone—, mientras que otros necesitan más control, más funcionalidades y una interfaz que se acerque más a lo que ofrece un ordenador.
Craig Federighi, vicepresidente senior de ingeniería de software de Apple, lo explicó con claridad: la compañía ha estado en un proceso constante de evolución, escuchando a los usuarios y adaptando la interfaz del iPad para que se sienta natural en sus propios términos. «Llegamos al punto de decir: ‘Reconozcamos a ese público'», comentó, refiriéndose a los usuarios más avanzados del iPad. Y es que encontrar la «interfaz adecuada» para este dispositivo no ha sido una tarea de un solo día, sino un camino de prueba, error y refinamiento.
Uno de los grandes desafíos, según Federighi, era no caer en la tentación de reciclar ideas del pasado. “Sacar lo viejo del estante y ponerlo aquí porque quizás así se sintiera bien” no era el camino. En cambio, Apple quiso redescubrir la esencia del iPad, imaginando cómo se verían las ventanas y la multitarea en un dispositivo táctil… si la Mac nunca hubiera existido.
Y es que Apple ha sido muy firme en su postura de no fusionar iPadOS y macOS. Federighi usó una metáfora muy gráfica para explicarlo: «Si una cuchara es genial y un tenedor es genial, entonces combinémoslos en un solo utensilio, ¿no? Pues no. Terminas con algo que no funciona bien como cuchara ni como tenedor». Esa es la razón, dice, por la que Apple no quiere fabricar lo que él llama «tenedores-cuchara».

El mensaje es claro: cada dispositivo de Apple tiene un propósito distinto. El iPad puede inspirarse en el Mac, pero eso no significa que deba convertirse en uno. Y es que el objetivo no es reemplazar al Mac, sino ofrecer opciones complementarias para distintos tipos de usuarios.


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