
Hace dos semanas perdí a la que fue mi pareja durante los últimos años. Aún me cuesta escribirlo. En medio de las lágrimas que se me caen, entre trámites, silencios y recuerdos, me encontré con algo que jamás había pensado: su vida digital sigue viva.
Sus redes sociales, intactas. Su nube, llena de fotos, proyectos y mensajes que ahora solo miran al vacío.
Y entonces me hice una pregunta que me removió por dentro: ¿Qué pasará con mi vida digital cuando yo ya no esté?
Vivimos conectados. Tenemos cuentas, dispositivos, contraseñas, archivos, suscripciones y perfiles en redes que guardan buena parte de nuestra historia. Pero la mayoría no piensa en qué ocurrirá con todo eso cuando faltemos.

La tecnología no entiende la muerte. No sabe que ya no vamos a volver a iniciar sesión. Simplemente espera.
Tengo claro que hay cosas que deben irse conmigo: correos personales, conversaciones privadas, fragmentos de mi intimidad que solo me pertenecen. Pero también hay otras que merecen quedarse: fotos, textos, proyectos, escritos que hablan de quién fui y de lo que amé.
Por eso he empezado a preparar un testamento digital. Un documento sencillo donde dejo claro qué quiero que se elimine, qué debe conservarse y quién tendrá la llave para hacerlo.
No se trata de repartir contraseñas sin control. Hoy existen opciones seguras y los gestores de contraseñas modernos permiten designar contactos de emergencia.
Tu rastro digital también forma parte de ti
Lo he aprendido de la forma más dura, pero también más clara: nuestra vida digital es parte de nuestra identidad. Cuidarla, ordenarla y dejar instrucciones no es frialdad ni obsesión tecnológica. Es una manera de cuidar a quienes nos quieren.
Y quizás sea uno de los últimos actos de amor que podamos dejar preparados para cuando ya no estemos en este mundo.
— Miguel Ángel Egea


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