Hay una historia que se repite en tecnología con una regularidad que ya casi no sorprende: la empresa que viene de fuera del sector, que “no es la de siempre”, que tiene un modelo diferente… y que con el tiempo termina pareciendose mucho a aquello contra lo que supuestamente luchaba.
Google empezó con el principio de “Don’t be evil”. Con la promesa de que la búsqueda sería el mejor resultado posible, no el resultado que alguien hubiera pagado. Con la idea de que la tecnología podía ser neutral y útil al mismo tiempo.
Y hoy Google es la empresa con más datos de usuarios del planeta, con un modelo de negocio que depende completamente de monetizar tu atención y tu comportamiento, y con una cuota de mercado en búsqueda y navegador que ya no tiene nada de pequeña empresa luchando contra los grandes.
Por qué esto importa ahora
La historia de Google importa porque el patrón se está repitiendo con otras empresas que hoy presentan como su argumento diferencial la neutralidad, la privacidad o el modelo “sin anuncios”. Y el tiempo suele demostrar que esos argumentos tienen fecha de caducidad cuando el negocio escala.
Lo estamos viendo con ChatGPT y su exploración de modelos publicitarios. Y lo vemos también cuando Apple, la empresa del “la privacidad es un derecho humano”, firma un acuerdo con Google para meter Gemini en Siri. No hay villanos en esta historia. Hay inercias.
La conclusión no es que Google sea malo ni que Apple sea hipócrita. Es que las empresas tecnológicas grandes tienen incentivos estructurales que empujan en una dirección concreta, y que la mejor postura como usuario es estar informado de esos incentivos. Distinguir el discurso de la realidad es siempre el primer paso.
¿Creeríais que el “Don’t be evil” de Google fue alguna vez algo más que un eslogan, o siempre fue inevitable que acabara así?

